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Unas cuantas conchas...
Por Jorge Rodríguez Guerrero
Isaac Newton (1642-1727) matemático, filósofo, teólogo, físico,
inventor, etc, es considerado como el poseedor de una de las
mentes más brillantes que jamás han habido. Tant Muchas veces el conocimiento acerca de Newton de nosotros los legos se reduce a la anécdota de la manzana. Aunque se ha dudado de la veracidad de la anécdota, al parecer no hay razón para ello. Su amigo y biógrafo William Stukeley, afirmó que ya viejo, Newton le contó que cuando joven, estaba sentado a la sombra de un manzano cuando vio caer una manzana. Newton, cuya mente había impresionado desde su niñez a todos los que le conocieron, razonó sobre la caída de la manzana... Pero dejemos al propio biógrafo que nos lo cuente: "Después de cenar, como hacía buen tiempo, salimos al jardín a tomar el té a la sombra de unos manzanos", escribe Stukeley. "En la conversación me dijo que estaba en la misma situación que cuando le vino a la mente por primera vez la idea de la gravitación. La originó la caída de una manzana, mientras estaba sentado, reflexionando. Pensó para sí ¿por qué tiene que caer la manzana siempre perpendicularmente al suelo? ¿Por qué no cae hacia arriba o hacia un lado, y no siempre hacia el centro de la Tierra? La razón tiene que ser que la Tierra la atrae. Debe haber una fuerza de atracción en la materia; y la suma de la fuerza de atracción de la materia de la Tierra debe estar en el centro de la Tierra, y no en otro lado. Por esto la manzana cae perpendicularmente, hacia el centro. Por tanto, si la materia atrae a la materia, debe ser en proporción a su cantidad. La manzana atrae a la Tierra tanto como la Tierra atrae a la manzana. Hay una fuerza, la que aquí llamamos gravedad, que se extiende por todo el universo". He leído, que Newton, hombre profundamente religioso, cuando ya veía a la muerte aproximarse dijo sentirse como un niño que ha recogido unas cuantas conchas en las costas de un mar sin límites. Es cuando el fin se acerca que el hombre pensante se da cuenta perfecta de cuán corta es la vida y cuán poco es lo que ha logrado llegar a saber. Newton razonó así entendiendo que apenas si había rascado la superficie del posible saber científico. El hombre de Dios, el cristiano que ama su Palabra, siente igual en relación a la infinitud de la extensión de la revelación en el libro de Dios. El puede haber pasado muchos años estudiando la Palabra. Puede ser que haya empleado incontables horas, muchas de ellas pertenecientes a las noches de su vida, aprendiendo cosas maravillosas, escarbando, consultando a los grandes eruditos, agradeciendo al Señor el haber logrado entender este detalle o aquel, el haber experimentado esa dicha inefable cuando éste o aquel pasaje de la Palabra por fin se iluminó. Pero al final de la vida comprende que sus años fueron muy pocos y que quedaron muchas cosas sin conocer. Asombrado por la infinitud de la mente que reveló la Palabra ese cristiano se siente cada vez más humillado ante la grandeza y sabiduría de su Dios. Uno se pregunta si en el más allá, podrán saberse esas miles de cosas que la mente no alcanzó a entender en esta vida. Sería muy bueno que así fuera. Cómo rebosa de gratitud nuestro corazón al ver que por causa de la misericordia de Dios el conocimiento necesario para la salvación está al alcance de cualquier pecador que se acerque a Su Palabra. Tan fácil es saber cómo salvarse como entender estas palabras de la Escritura: "...no queriendo (el Señor) que ninguno perezca sino que todos procedan al arrepentimiento" (2 Pe. 3.9). Qué maravilloso es poder meditar en que en la eternidad el hombre temeroso de Dios podrá estar en comunión con su Señor, a quien durante su vida de cristiano admiró por ser el autor de ese Libro maravilloso que lo guió y le enseñó como llegar al cielo. Este saber, bendito sea Dios, no requirió tanto del esfuerzo de la mente como de la humillación del corazón ante tanta misericordia y tanto amor.
Guadalajara, México, julio 9, 2011
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