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Por Rudi Risher
(Nota: La emoción y la impresión causadas por este artículo me dirigieron a traducirlo. Quiera el Señor que su lectura cause en nosotros un gran deseo de ser mejores. J. R. G.)
A través de los años he oído muchos magníficos sermones que he olvidado. Pero yo vi un sermón que ha permanecido en mi corazón hasta este día. Sucedió en una mañana de domingo cuando me dirigía a una de las dos pequeñas congregaciones en Munich, Alemania. Un frío y airoso domingo novembrino. Después de dejar mi tibia cama miré a través de la ventana cubierta de hielo. La nieve había caído copiosamente durante la noche cubriendo las calles de la ciudad. Traté de decidir si iría al servicio de adoración o permanecería en casa leyendo solamente la Biblia. Comprendía que la congregación notaría mi ausencia, pues yo era el único que dirigía himnos. Por otra parte, tendría que caminar media cuadra para tomar el autobús. Finalmente decidí ir, pero sólo porque tenía que dirigir los himnos. Mientras iba en el autobús miré por la ventanilla y note que dos personas trataban con dificultad de avanzar en la nieve profunda. Los reconocí y supe también hacia dónde se dirigían. Eran el hermano y la hermana Trollman, una fiel pareja que asistía a los servicios cada domingo. El hno. Trollman era un hombre de más de ochenta años que había perdido su vista. Su única guía era su esposa de 78 años quien tenía un pie lisiado. Vivían en un pequeño apartamento de dos piezas y recibían un poco de sostén del gobierno. Por el hecho de que no podían pagar el pasaje del autobús para ir a la congregación, que distaba como cinco kilómetros de su hogar, ellos caminaban esa distancia cada día del Señor. Aquí estaba yo... sentado en un tibio autobús. Sin deseos de ir a la iglesia, forzado sólo por el deber de dirigir los himnos y allí, afuera en el frío, dos ancianitos llevados a la congregación por su amor al Señor. No pude menos que sonrojarme, avergonzado de mí mismo y de la fe y amor tan débiles que había probado tener por mi Señor. Me sentí como un malhechor en la corte juzgado por mi propia conciencia. Esta vieja pareja, sin saberlo y sin una sola palabra, me había enseñado una lección más grande que la que jamás podría haber sido dicha con palabras. Por su ejemplo e influencia comprendí una cosa: el único motivo verdadero de un cristiano asistiendo al servicio es su fuerte AMOR a Dios.
(Publicado originalmente por mí, JRG, en junio 20, 1971 en el boletín de la congregación de la calle Gómez Farías # 1880, en Guadalajara, México)
Guadalajara, México, enero 12, 2011
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