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Se permite la reproducción Por Jorge Rodríguez Guerrero
Hace muchos años me topé con un muy buen material acerca del tema de la iglesia en inglés y pensé que al autor de él le agradaría mucho si yo lo tradujera y lo pusiera a disposición de los hispanohablantes. ¡Qué ingenuidad la mía! Cuando le escribí sobre el proyecto me contestó enfurecido que no me fuera a atrever a hacer nada con su material. No me resistí a escribirle nuevamente diciéndole que yo consideraba muy extraño que un predicador no se alegrara, sino lo contrario, de que sus escritos pudieran llegar a más personas. Desafortunadamente, ese hermano no es el único que he visto que razona así. Por eso es que a mí me alegra sobremanera cuando leo escritos en el papel o en Internet en los que el autor expresa su autorización para que se reproduzca y se distribuya su obra. Aun usted encuentra por allí a publicadores de alguna versión de la Biblia que le permiten citar solamente porciones pequeñas de la traducción. Me pregunto qué pensará el Autor intelectual del original. Por mi parte, yo —quien por cierto no soy nada— me siento inmensamente feliz cuando me entero de que por allí circula o es reproducido algo escrito por mí. Hace unos años supe que había llegado a otra parte de las Américas un ejemplar de un cierto libro mío de sermones en bosquejo humildemente hecho a mimeógrafo. Algunos hermanos sudamericanos hacían copias fotostáticas de las páginas de mi humilde obra, para usar mis bosquejos. ¡Qué honor y qué felicidad! Recientemente un hermano de tierras lejanas me escribió notificándome que los hermanos allí habían decidido publicar dos folletos míos para usar en la obra de evangelización. ¿Podría yo haber recibido una carta mejor que esa? Cómo me alegra (y me asombra) el saber que algún artículo o folleto o algo mío es reproducido en alguna revista o boletín. Uno escribe con la esperanza de lograr con eso algún cambio para bien en algún lector. Así es que entre más se reproduzca o se publique lo de uno, mejor que mejor. En cierta ocasión visitaba yo una congregación y vi un folleto evangelístico mío, pero con el nombre del predicador allí en vez del mío. Un poco asombrado le pregunté la razón de aquello y me dio una respuesta ingenua: El creía que era mejor que la gente de allí pensara que él era el autor. Pues que así sea, pensé yo. Es claro que no está nada bien apropiarse del trabajo intelectual de otro. Pero en lo que a mí respecta, si se reproduce algo mío con otro nombre, ni modo. (Compréndase que aquí estoy hablando solamente de escritos con un mensaje bíblico). Lo que importa es que se extienda lo que ha sido escrito. Lo que no me cabe muy bien en la cabeza es que se hagan cambios a lo que uno ha escrito. Si mejoran la cosa, pues qué bien. Pero si la empeoran... Para ir terminando estas consideraciones déjenme decir que respeto y aprecio mucho a mis hermanos que desean la propagación de su obra escrita. De los que motivados por ciertos intereses, limitan con sus propios cortapisas el bien que su predicación escrita podría hacer, puedo admirar y apreciar su talento, pero sinceramente su actitud me parece incomprensible. En cuanto a lo que yo escribo, sépase que cualquier hermano tiene mi permiso para reproducir lo que quiera. Con lo mío no va el copyright. |