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"¡Qué pena morir, cuando me queda tanto por leer!"
(Una reflexión personal acerca de la lectura y los libros)
Por Jorge Rodríguez Guerrero
Las del título fueron las últimas palabras del gran escritor y filólogo español Marcelino Menéndez Pelayo quién murió en 1912 a los 55 años de edad. La frase pronto pasó a la lista de las últimas palabras famosas de todos los tiempos que incluyen por ejemplo las de Sócrates ("Critón, le debo un gallo a Asclepio; acuérdate de pagárselo") y las de Nerón ("¡Qué artista muere conmigo!"). Entre las últimas palabras famosas de famosos, las de Menéndez Pelayo son llamativas. Es evidente que el erudito tenía pasión por los libros, pasión que lo acompañó hasta la muerte. Así lo testifica su biblioteca de cuarenta mil volúmenes. Las últimas palabras de don Marcelino me impresionan porque soy amante de la lectura. Desde que antes de pisar la escuela aprendí a leer, he sido un lector "empedernido". Creo que la culpa la tuvo mi padre quién traía más libros que pan a la casa. Ya crecido, siempre quise tener dinero para hacerme de buenos libros relacionados con el estudio de las Escrituras. A lo más he podido llegar a tener unos cientos de libros "bíblicos", algunos excelentes, otros no tan buenos. Luego, hace algunos años me pasó, lo mismo que a muchos hermanos, algo maravilloso: Encontré la Internet. Y en ella una cantidad de sitios de libros, algunos de ellos para bajarse sin costo o a un costo muy bajo y unos más a precios más bien altos pero justos. De esa manera me he hecho de miles de libros en formato PDF, la mayoría de ellos en inglés. A mí me interesan, aunque no mucho, sitios como librodot.com, Project Gutenberg, Biblioteca Virtual Cervantes y otros semejantes que seguramente son la delicia de muchos amantes de la buena lectura (de ellos bajo una que otra obra de algún consagrado de la literatura). Pero sitios tales como scribd, internet archive, 4shared, CCEL, y otros más, los considero maravillosos pues en ellos es posible encontrar diccionarios, comentarios, léxicos y libros excelentes sobre incontables temas bíblicos. Antes suspiraba al ver a los grandes eruditos de antaño citados en este o aquel libro de mi biblioteca. Hoy tengo mucho material de ellos en mi cada vez más surtida biblioteca digital. Obras de MacKnight, Trench, Lightfoot, Hastings, Edersheim, Swete, Ebrard, Schaff, Arminio, Hort, Wesley, Paley, Warfield, Ramsay, etc., están tan cerca de mí como mi computadora. Y no he mencionado las obras de esos extraordinarios hermanos nuestros del siglo 19 como McGarvey, Franklin, Campbell, Lard, Milligan, Brents y muchos más que son verdaderas fuentes de saber bíblico. Por supuesto podría citar a otros grandes autores, hermanos y no hermanos, de nuestra época. Esto que me pasa es maravilloso. Nunca un cristiano común y corriente y pobretón como yo, amante de la buena lectura y del estudio, tuvo a su alcance tantos libros importantes. Pero en medio de tanto libro me pasa algo triste. A mis setenta años con no tan pocos males físicos encuentro que ya no podré leer ni una milésima parte del contenido de esos libros. Ahora que podría emprender en serio el camino hacia un conocimiento profundo de la Biblia siento que ya no me queda el tiempo que quisiera. Y aunque no estoy todavía en el lecho de muerte ni enfermo en cama, se me vienen con frecuencia las palabras que el filólogo español dijo hace casi cien años y me digo parafraseándolo: "¡Qué pena tener que morirme uno de estos días, a lo más un año de estos, cuando me queda tanto por leer!"
Guadalajara, México, agosto 4, 2011.
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