Porque nada podemos contra la verdad, sino por la verdad. 2 Cor. 13:8

 

 

ARTÍCULOS

 

NUESTROS PIES, ¿CÓMO SON?

 

Por Jorge Rodríguez Guerrero

 

La Cenicienta del cuento que oíamos cuando niños era una joven evidentemente muy atractiva. Cautivó al príncipe. Ya usted sabe que al tener que irse precipitadamente de la fiesta ella perdió una zapatilla pequeña cual sus pies. Al parecer el autor del cuento consideraba que un pie pequeño es una muestra de belleza física femenina. Tal vez así sea. Recuerdo una antigua canción que alababa a la mujer amada, “la de tan chiquito el pie”.

    Pues resulta que la Palabra de Dios habla de personas cuyos pies son hermosos sin nada que ver con la edad ni el sexo. Ya cuando uno piensa un poco en el pasaje, concluye que esos pies hermosos pueden ser a la vez grandes, chuecos, callosos, ¡feos! Y es que quién se refiere así a ellos, es Aquel quien no mira lo que los hombres.

    Pienso que todos mis lectores ya han sido remitidos por su mente a lo dicho en ese también hermoso pasaje de “los pies hermosos”. Se trata de Romanos 10. 15, que dice: “...Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!” Puesto que los pies son los miembros de nuestro cuerpo que usamos para caminar Pablo usa aquí una metonimia en la que “los pies” representan a la persona toda. Como si dijera: “Cuán hermosa es a los ojos de Dios la persona cuyos pies son usados para llevar el evangelio”.   Leyendo desde el v. 8 hasta el final del capítulo uno sabe que Pablo está hablando de la predicación del evangelio a los pecadores y de la absoluta necesidad de hacerlo, para que pueda haber personas salvas.

     El pasaje señala una verdad clara: Los pecadores no pueden salvarse si no creen en Cristo y si no invocan su nombre. Es imposible que se salven si no se les predica. La fe viene por oír la Palabra de Dios. Esa Palabra es escuchada solamente si es predicada. El receptor, para serlo, requiere de un transmisor. El evangelio, poder de Dios para salvación, solamente tiene efecto si se anuncia. Y el Señor determinó que los cristianos sean los transmisores de él. Esta misma verdad la expresa Pedro cuando dice que Dios nos adquirió “para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó…” 1 Ped. 2. 9.

   Ahora dejemos que la realidad nos golpee en la cara si no en el corazón.  Se estima que en un día cualquiera solamente un uno por ciento, a lo más un dos, de los cristianos le hablan de Cristo a alguna persona. Bien podríamos decir que a los ojos de Dios la inmensa mayoría de los pies de los cristianos carecen de hermosura.

   Continuando con la metonimia paulina preguntémonos:  ¿son hermosos los pies de usted y los míos? Si no lo son, ¡Qué triste es nuestro caso! Cuánta tristeza le causamos al Padre que envió a Su hijo a morir por los pecadores. Y al Señor cuya sangre salvadora deja de alcanzar a muchos perdidos porque mis pies (o los de usted) no son los de un cristiano que anuncia las buenas nuevas de salvación.

   En este mundo parece ser que a la generalidad de los humanos no les gustan sus pies. Los que tienen dinero pagan por un pedicure con la esperanza de que sus pies mejoren su apariencia.  Afortunadamente, si los nuestros  no han sido los pies hermosos de que habla el pasaje, ellos pueden tener una transformación maravillosa y casi instantánea. Solamente es cuestión de que nos sacudamos la indolencia y comencemos a dirigirlos hacia los perdidos para anunciarles el evangelio de Cristo. Entonces usted y yo podremos decir con gozo: “A la luz del pasaje, viéndolo bien mis pies, aunque cansados y estropeados, no están tan feos. Mi Señor me dice en su Palabra que en realidad ¡Son unos pies hermosos!”

 

Guadalajara, México, julio 18, 2010.