LA GRAN PREGUNTA

 

Por Jorge Rodríguez Guerrero

 

Este es el segundo

artículo basado en Mateo 16.13 y siguientes

 

Jesús condujo a sus discípulos a la región de Cesarea de Filipo (Lea Jesús viaja al norte). Ya allá, mientras están en el camino entre dos aldeas el Señor les hace una pregunta que en forma muy natural le lleva a otra parecida. Hasta podría decirse que se trata de la misma pregunta con un par de cambios. Lea Mt 16.13-20

Jesús primero pregunta:  “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” La pregunta es contestada y luego el Señor formula la segunda: “¿Y vosotros, quien decís que soy yo?”

    En la primera el Señor pregunta por el concepto que sobre él tienen los hombres, es decir  los hombres que han visto sus obras y escuchado su enseñanza; en la segunda pregunta por el concepto que sus discípulos tienen de él. Hay otra diferencia en las dos preguntas. En la primera Jesús dice “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?”. En la segunda dice “¿…quién soy yo?”

   Es bueno que ellos se hayan fijado en lo que piensan los hombres y así puedan contestar la pregunta. Pero lo realmente importante para Jesús es escuchar qué es lo que de él piensan sus discípulos y es por eso que cambia la pregunta.

   Ya vimos que en la primera pregunta Jesús dice “el Hijo del Hombre”. En la segunda dice “yo”. Será bueno detenernos en la forma en que el Señor se refiere a sí mismo en la primera pregunta.

    A Jesús le gustaba mucho usar esa expresión. De las 88 veces que aparece la expresión en el Nuevo Testamento, 86 son dichas por Jesús mismo.  ¿Por qué Jesús hace de la frase su forma predilecta de referirse a sí mismo? Parte de la respuesta la encontramos en un pasaje famoso del A. T, donde la expresión aparece: Daniel 7. 13 y 14. Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él.  Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.  Se trata de una visión en la que se profetiza el reino de Dios y su rey a quien se le llama “uno como un hijo de hombre”. Ese “hijo de hombre” es el Mesías, el rey. Por supuesto esa profecía es acerca de Jesucristo. (Interesan-temente en Mateo 16.13 la palabra traducida “El” (Hijo del Hombre) no está en el idioma griego). Jesús, quien conocía a la perfección la profecía de Daniel sobre él y su reino,no podía dejar de tener en mente la expresión del profeta cuando se refería a sí mismo como el Hijo del Hombre. Era su manera de decir que la profecía se cumplía en él. Esa conexión entre Daniel y la manera de autollamarse Jesús también tuvieron que hacerla sus discípulos, familiarizados como estaban con los profetas. Por otro lado por causa de esa profecía todo judío estudioso sabía que la expresión Hijo del Hombre era eminentemente mesiánica. Hay textos extrabíblicos anteriores al N. T. donde la expresión “hijo de hombre” se emplea para referirse al Mesías esperado. En cuanto a Jesús mismo él se llamaba a sí mismo el Hijo del Hombre sabiendo perfectamente que él era el Mesías de la profecía.

    Pero fijémonos otra vez en la expresión: “El Hijo del Hombre” La forma apunta claramente hacia la verdad de la humanidad de Cristo. Si es Hijo de Hombre entonces es hombre*.  Con ese título (si es que puedo usar el término) el Señor se identifica con los hombres.

    Por supuesto la verdad de la humanidad de Cristo contenida en la forma empleada por Jesús para referirse a él mismo, la encontramos a través del Nuevo Testamento. Aquí cito unos cuantos pasajes que la enseñan: Gá. 4.4,  “Cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo nacido de mujer…”;   Heb 2.14 (pero lea cuando menos desde el v 9), “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo”; Heb 2.11, “No se avergüenza de llamarlos hermanos”; Fil 2. 6-8, “el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”; 1 Tim 2.4, “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”.

    En algunos de los pasajes citados y en otros la bendita Palabra nos enseña que era necesario que aquel que había estado en el cielo se hiciera hombre para salvar a los hombres.

    Continuemos: Jesús pregunta “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” porque quiere oír de sus discípulos lo que han oído a otros decir de él.  Y en efecto la respuesta de los discípulos muestra que ellos han llegado a saber lo que otros dicen. Pienso que el Señor pregunta no porque quiere saber lo que otros dicen. Seguramente él lo sabe. Y por supuesto que el Señor sabe que los otros están equivocados. No. El no es algún gran hombre de Dios que ha resucitado. Lo que Jesús quiere es oír a sus discípulos expresar lo que ellos piensan de él. La pregunta primera la hace para introducir la segunda cuya respuesta es la que él quiere oír: “¿Y vosotros, quien decís que soy yo, (yo, el Hijo del Hombre)?”

     La pregunta debe también entenderse así: “Yo soy el Hijo del Hombre, pero ¿quién soy además de ser el Hijo del Hombre?” Una respuesta totalmente inaceptable habría sido esta: “Tú eres sólo eso: el Hijo del Hombre”. El era más que el Hijo del Hombre y quería oír a sus discípulos expresar esa verdad en cuanto a él.

    Aun los otros habían entendido que Jesús no era simplemente un hombre en sus primeros treintas. Ellos pensaban que él era uno de los grandes hombres de Dios de la antigüedad que había vuelto a la tierra. Los discípulos tenían que expresar y entender que Jesús además de ser el Hijo del Hombre era (y es) mucho más que eso. Por eso es que lo que estaba pasando en ese momento en la región de Antioquía de Filipo era extremadamente importante en la vida de aquellos hombres. Por eso es que la pregunta del Señor aquel día es una de la más importantes, si no la más, que alguna vez haya sido formulada. 

    Ya sabemos que fue el impetuoso Pedro quien contestó la pregunta: “Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (v 16). El v 17 nos dice que la respuesta de Pedro fue la que el Señor deseaba escuchar: El Hijo del Hombre es el Cristo, pero también es el Hijo de Dios. ¡Jesucristo es hombre y es Dios!*.

     Pedro contestó bien, pero, ¿habrían respondido igual los demás? ¿No podría ser que ellos o algunos de ellos compartieran con “los hombres” la creencia acerca de su Maestro? Como veremos enseguida, no podemos estar lejos de la verdad si decimos que ya que la pregunta fue hecha a todos ellos (“vosotros”), Pedro contestó en nombre de él mismo y de sus compañeros.

    Vale la pena detenernos en la respuesta de Jesús: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.” (v 17).

    ¿Expresó Pedro una respuesta que en ese momento le inspiró el Padre? ¿Antes de ese día  no había llegado Pedro a tener el concepto correcto que expresó en su respuesta?

    ¿Por qué no detenernos en la palabra “revelar” que usó el Señor? Esa misma palabra la había empleado antes claramente no en el sentido de “inspirar” o de “proporcionar un conocimiento en forma sobrenatural e instantánea”: Mt 11.25,26. Por otro lado, no mucho antes del viaje al norte, los discípulos ya habían concluido que Jesús es el Hijo de Dios, después de ver a Jesús caminar sobre las aguas, Mt. 14. 22-33. Esa conclusión no era tan difícil de obtener para una persona sincera. Interesantemente Natanael necesitó casi nada para llegar a ella (Jn 1.49,50). Pedro conocía el caso de Natanael. Esa había sido otra manera en que el Padre le había revelado la gran verdad.   Jesús y sus hechos habían sido la manera en que Dios le había revelado a Pedro la verdad que ahora expresaba respondiendo la pregunta.

¿Podemos imaginarnos a los discípulos no comentar entre ellos más de una vez, por ejemplo después del milagro citado, su concepto acerca de su amado Maestro? El grupo pensaba lo mismo que Pedro, pero fue Pedro quién abrió la boca para responder. Si hubiéramos sido testigos de la escena, muy bien podríamos haber visto o escuchado a los otros discípulos asentir a la respuesta de Pedro.

    Pedro al contestar había expresado una  verdad de absoluta importancia: Jesús es el Cristo, el hijo del Dios viviente. De esa verdad sobre Jesús depende todo: Su obra, su doctrina, su sacrificio, su mesiazgo, su autoridad. Su iglesia. Nuestra salvación, nuestra fe, nuestra esperanza, nuestra vida. Todo.

    La realidad contenida en la declaración de Pedro al contestar la gran pregunta es por lo tanto la base sobre la cual descansa todo lo relacionado con Cristo y el cristianismo.

 

* Lea en esta sección el artículo

"Jesucristo no es Dios; es el Hijo de Dios" 

donde me extiendo en esta cuestión.

 

 Guadalajara, México, octubre 6, 2011