Porque nada podemos contra la verdad, sino por la verdad. 2 Cor. 13:8

 

 

 

 

ARTÍCULOS

 

 

 

 

 

 

 

 

   

SERMONES EN BOSQUEJO

APUNTES DE HOMILÉTICA

FOLLETOS

 

Le invito a ir al sitio de mi hermano Valente

Me daría mucho gusto recibir un mensaje de usted. Escríbame a bigj1244@ aol.com

 

 

 

FICCIÓN

 

 

  Un día memorable en la vida de Juliano

 

Por Jorge Rodríguez Guerrero

 

―Hoy tuve un experiencia maravillosa ―le dice Juliano a su esposa ― Hoy me tocó en suerte custodiar a un prisionero muy interesante. Un cristiano.

       ―¿Un cristiano? ¿Qué puede tener de interesante un cristiano?

       ―Déjame contarte, mujer ―dice Juliano mientras se desata las sandalias.

       ―Perdóname Juliano. Es que me exacerba simplemente el oír de estos ignorantes que con sus supersticiones absurdas engañan a medio mundo. Pero, ¿por qué dices que tuviste una experiencia maravillosa? A ver. Dime qué pasó.

       Juliano ya se ha quitado el uniforme militar, sustituyéndolo con una túnica y se dispone a cenar. Pero, ve sin mirar su plato y comienza a decir:

       ―Se trata de un tal Pablo. Un judío. Uno que fue apresado hace años en Judea, pero que vino a dar a Roma pues se le concedió ser juzgado en la Corte Imperial. Yo ya había escuchado a otros del pretorio decir que pasarse doce horas encadenados a él es muy interesante, sobre todo si se trata del turno del día. Muchos hasta dicen que les gustaría ser elegidos para esa tarea otra vez.

       ―¿De veras? Me estás picando la curiosidad. Cuéntame más, pero come mientras tanto.

       Pero Juliano no come y comienza:

________________

 

 Pues llegué a las seis de la mañana a sustituir al guardia de la noche a cierta casa donde a este preso le permitieron vivir en un encarcelamiento domiciliario. Pablo estaba profundamente dormido en su camastro y se me hizo extraño que mi compañero con mucho sigilo se soltó la cadena de su brazo como si no quisiera interrumpir el sueño profundo del reo. ¡Como si a nosotros los soldados romanos nos interesara mucho el bienestar de los presos!

       ―El pobre Pablo estuvo disertando de sus cosas hasta muy entrada la noche. Déjalo dormir ―me dijo mientras me entregaba la cadena. Se notaba que sentía simpatía por el reo. Yo me aseguré en la muñeca el aro de la cadena y me dispuse a mis largas horas de vigilancia. Con esta clase de reos me parece exagerado que ni por un momento se nos permita estar sin esa cadena que nos une a ellos. Total que hasta me sonreí de mí mismo por hacerle caso a mi compañero y estar atento a que la cadena no hiciera ruido. Imagínate. Actuar yo así. Yo que tengo fama bien ganada de soldado rudo.

 

(―Ah, que mi Juliano. Sígueme contando.)

 

       Como a las siete vi que Pablo se incorporó y todavía soñoliento se dirigió a mí en un latín perfecto.

       ―Que el Señor te bendiga en este día maravilloso―, me dijo. Palabras extrañas. Pero después me di cuenta que ese Señor al cual se refirió no era Cesar, sino Jesús, al que Pablo sirve y predica.

 

(Juliano continuó, mientras la cena se le enfriaba:)

 

       Acto seguido Pablo se puso de rodillas y musitó una oración que duró unos cinco minutos. Esa sería la primera de cuando menos unas veinte oraciones que haría Pablo durante el día, las otras junto con sus hermanos y amigos que estuvieron llegando a través de las horas.

       Fue entonces que me di cuenta que no éramos los únicos en la habitación, pues un movimiento en un rincón me hizo saber que alguien más estaba despertando.

       ―El Señor te bendiga, Timoteo. ¿dormiste bien?

       ―Sí, Pablo. El Señor te bendiga.― dijo el joven mientras se desperezaba― ¿Me acompañas en una oración?

       ―Claro.

       Se arrodillaron y oraron, en voz alta Timoteo y Pablo asintiendo. Noté que esa oración era como una plática con alguien a quien llamaban Padre y que al último invocaron el nombre de Jesucristo.

       En esa oración el tal Timoteo pedía bendiciones para muchos de sus familiares y amigos. Lo que más me llamó la atención fue cuando dijo: "Bendice al guardián que tenemos junto a nosotros y a todos sus compañeros. Bendice a su familia." ¡Estaba rogando a su Dios por mí y por ti, mi amada Claudia! Y luego continuó: "Bendice a Cesar y a todos los que tienen autoridad. Concédeles que gobiernen con justicia."

       No bien habían terminado de orar cuando alguien tocó a la puerta. Era un hombre joven que traía un envoltorio que me lo enseñó, como debe ser, mientras me sonreía. Eran unos panes y un platillo que olía delicioso. Ya se me habían dado instrucciones de que dejara pasar a cualquiera que viniera a visitar a Pablo. Inmediatamente se dirigió a sus amigos diciendo: "Gracia y paz a ustedes, amados Pablo y Timoteo. Emilia les ha enviado esto."

       ―Bendita sea ella. Con tanta comida que nos traen mis hermanos nos vamos a enfermar. Sobre todo tú, Timoteo, que tienes un estómago tan débil.

       Salieron Pablo y Timoteo hasta el pozo, yo detrás de ellos lo más alejado que la cadena que nos unía a Pablo y a mí me permitía, y después de asearse regresaron al cuarto y se sentaron a la mesa.

       Pablo me sorprendió cuando se dirigió a mí:

       ―Ven a comer con nosotros. Todos tus compañeros lo hacen. Le he pedido al prefecto que lo permita y me lo ha concedido.

       ―Imagínate, Claudia. ¡Yo siendo invitado a comer por un preso! ¡Por un cristiano, nada menos! Pero me lo dijo con tanta bondad que no pude resistirme. Confieso que esa humilde comida me supo como a manjar de los dioses.

        Me disponía a tomar un pan cuando Pablo me detuvo:

       ―¿Cómo te llamas?... ¿Juliano? Gracias. Antes de comer, Juliano, vamos a agradecer al Señor.

       Y otra oración, Claudia. Tres oraciones en cuestión de minutos.

       Me sentía extraño en aquella mesa. Pero también un gozo que no puedo explicar me inundaba mientras escuchaba a aquellos tres hombres hablar de cosas raras pero bonitas. Que por aquí andaba un cierto Epafrodito que había llegado de la colonia Filipos. Que traía buenas noticias del progreso de la obra de Cristo por allá. Nereo, que así se llamaba el que había llegado, contó de los bautismos que había habido el día anterior.

       Hoy aprendí muchas palabras y expresiones propias de los cristianos, Claudia. Pablo y sus amigos hablaban de evangelio, de ágape, de gracia, de conversiones, de servicio, de perdón. El nombre de Jesucristo no se les caía de la boca. Y lo pronunciaban con mucho respeto y amor.

       Yo observaba todo, sobre todo a Pablo: De unos sesenta años, claramente en su rostro las señales de haber sufrido mucho, de baja estatura y pelo hirsuto, ojos vivarachos, sonriendo casi siempre, y con una dignidad muy llamativa. Inmediatamente noté que es un hombre muy educado.

       Todavía estábamos comiendo cuando entraron dos hombres. Uno de ellos después de saludar con ese deseo de paz y de gracia, le dijo a Pablo.

       ―He traído a mi amigo Félix para que le prediques el evangelio. Ya le he hablado, pero él quiso escuchar de ti las buenas nuevas de salvación, pero eso será cuando termines de comer.

       ―Ya he terminado. El Señor te bendiga, Félix, por ese interés en las cosas de Dios. Y no estoy hablando de uno de tus dioses, estimado Félix, sino del único que realmente hay, del que hizo el cielo y la tierra. Déjame explicarte.

       Y así comenzó. Me impresionó mucho que dijo que cuando nosotros hacemos lo que sabemos que es malo, ofendemos a Dios y que ante él debemos de comparecer para dar cuenta de nuestros hechos. Esas palabras iban de acuerdo a lo que tú y yo hemos platicado, Claudia. A ti y a mí nos parece una cosa necesaria el tener que responder ante alguna autoridad más alta de esas acciones de las que nos sentimos responsables. Como tú has dicho: ¿Cómo nos sentimos responsables si no hemos de responder por nuestros hechos?

       Bien. Pablo dijo que esas acciones malas se llaman pecados y añadió que un día Dios nos va a juzgar a todos, vivos y muertos. Habló de que eso es así porque somos sus criaturas, seres morales.

 

       (Claudia, quien comenzó a escuchar a su marido por pura obligación, ahora sentía gran interés por lo que estaba oyendo, muy a pesar de ella misma)

 

       Mientras yo escuchaba, me decía a mí mismo: Si eso fuera así todos estamos perdidos, porque ¿quién no ha hecho cosas malas? Hasta pareció que Pablo me adivinó el pensamiento porque dijo que "todos hemos pecado", pero que en su amor, Dios, quien no quiere la muerte del impío, envió desde el cielo a su hijo Jesucristo a vivir como hombre. El dijo que este Jesús, o Jesucristo, nunca ofendió a Dios pero aun así éste determinó que muriera crucificado ofreciéndose como un sacrificio aceptable por Dios para que los que creyeran en él y fueran obedientes, se salvaran del juicio que vendrá.

       Según pude ver hoy, esta es la creencia de estos cristianos. Una cosa extraña que me impresionó fue que Pablo afirmó que hace unos 30 años Jesús, un judío de Galilea, fue crucificado en las afueras de Jerusalén pero que resucitó al tercer día. "Yo no creía en él" dijo Pablo, "y hasta había decidido acabar con estos cristianos, pero este mismo Jesús se me apareció en el camino de Jerusalén a Damasco. Aunque al principio parece increíble, la resurrección de Cristo es absolutamente necesaria en el plan de Dios para a salvar a los pecadores. Nadie puede ser un cristiano ni salvarse si no cree que Jesucristo resucitó de entre los muertos y ascendió al cielo, de donde volverá por los suyos y para juzgar a todos los hombres".

       Pablo hablaba con una convicción impresionante. Y ¿sabes Claudia?, yo no me podía levantar de la mesa, impresionado, más que con las palabras, con la manera tan elocuente y sincera con la que Pablo hablaba. Y aunque le estaba predicando al tal Félix, Pablo también se dirigía a mí, mirándome con esos ojos tan penetrantes y llenos de bondad. Mientras Pablo hablaba, fueron llegando más personas que rodeaban la mesa y no se atrevían a interrumpir al orador.

       Yo nunca conocí antes a un preso así.

       Finalmente volví a mi lugar. Todo el día fue de nuevos visitantes, a muchos de quienes Pablo llamaba hermanos. Se siguió hablando de triunfos, de luchas, de lugares en diferentes partes del imperio a donde había llegado el evangelio; se mencionaron nombres, casos. Durante el día Pablo les predicó el mismo evangelio a varios hombres y mujeres que llegaron, algunos de ellos siendo traídos por cristianos para que oyeran a Pablo. En todas sus presentaciones del mensaje Pablo insistió en el mandato divino de que los pecadores se arrepientan de su vida alejada de Dios.

       Durante mis doce horas allí, cuando menos unos tres de los oyentes expresaron que querían ser bautizados para el perdón de sus pecados. Cada vez que pasó esto, Pablo le pidió al que había hecho la petición  que confesara con sus propias palabras su firme creencia de que Jesús es el Señor y luego fue llevado a una especie de pila llena de agua que había en el patio de la casa y allí alguien se metió junto con él y por un instante lo zambulló en el agua. Según ellos por la obediencia a ese bautismo uno es perdonado de todos sus pecados.

       Tú no me lo vas a creer, pero allí llegaron unos dos o tres compañeros del pretorio quienes querían también oír estas cosas. Hasta nuestro amigo Narciso llegó por allí. Imagínate.

       Total, mi querida Claudia, que en esas doce horas yo supe muchas cosas de esos cristianos. De sus creencias, de sus luchas, del grande amor entre ellos. Me llamó la atención de que aunque sabían que yo estaba allí y que si quiero los puedo delatar, hablaron sin temor y abiertamente de sus cosas. Claudia, estoy convencido de que estos cristianos no son gente mala, como hemos creído. Yo nunca había conocido personas así.

       Cuando llegó mi relevo, Pablo se acercó a mí y me dijo: "Que el Señor te bendiga, Juliano. Fue un placer conocerte. Recuerda una cosa: El Señor murió también por ti. Medita en las cosas que has oído en este día.".

     

______________

 

     Como te decía, Claudia, hoy viví una experiencia maravillosa. Aunque te parezca extraño déjame decirte que no es muy remota la posibilidad de que yo mismo llegue a ser un cristiano algún día.

       Me desconciertas, Juliano.... ¿Podrías llevarme uno de estos días a oír a este Pablo que tanto te ha impresionado? ..... Oye, tu comida está más fría que un muerto. La calentaré otra vez.

 

2-18-2004

 

A LA PAGINA PRINCIPAL