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Hermano enfermo o anciano: ¡Usted puede hacer mucho!
Por Jorge Rodríguez Guerrero
¿Tienen en la iglesia del Señor todos los miembros algo por hacer? Al preguntar no estoy pensando en los cristianos que en la vida pueden trabajar, negociar, estudiar, etc. Claro que todos ellos están en la iglesia para laborar a favor de la causa. Quienes pudiendo hacer muchas cosas en la vida, no hacen nada en la iglesia saldrán muy mal librados cuando tengan que rendir cuentas en aquel día. Hago la pregunta pensando en los ancianos, en los sencillos, en las cristianas ancianitas. Pienso en los enfermos, en los cristianos paralíticos; en los que ya no pueden caminar por causa de su edad; en los que han perdido la vista o la audición. Entiendo que ellos no pueden salir a predicar, o dar un estudio bíblico, en algunos casos ni siquiera dirigir una oración en la asamblea. Muchos ya ni siquiera pueden asistir a las reuniones de la iglesia. Pero aun así, ¿tienen en la iglesia del Señor todos estos hermanos algo que puedan hacer? Y hago la pregunta tan sólo para contestarla con un clarísimo sí. Puede ser que a estas alturas de mi artículo haya quienes piensen que me he equivocado en mi respuesta. Puede ser que mis amados hermanos ya muy enfermos o que no pueden dar un paso piensen que ando mal en mi razonamiento. Tal vez ellos están convencidos de que su tiempo de hacer algo a favor de la obra ya quedó atrás. Yo digo que no es así. En realidad, ellos pueden hacer algo muy importante. ¿Qué pueden hacer? Ya señalamos muchas cosas que ellos ya no pueden hacer. Pero hay una que la pueden hacer a la perfección: Ellos pueden orar. En cierta forma esta hermosa e importante actividad la pueden hacer mejor que los que llevan vidas activas. Algunos de ellos tienen una gran cantidad de tiempo disponible para dedicarlo a la oración, por ejemplo los que están postrados en cama. ¿Han leído cómo el gran apóstol Pablo les pedía a los hermanos que lo ayudaran con sus oraciones? (…que me ayudéis orando por mí..., Rom 15.30). Luego seguramente recordamos la amonestación de orar sin cesar (1 Ts 5.17), que en el caso de muchos de nosotros solamente lo podemos hacer cuando las ocupaciones diarias lo permiten. Hay mucho más que se puede decir y citar en este renglón. A mí me parece que el pasaje adecuadísimo lo tenemos en Santiago: “La oración eficaz del justo puede mucho” (5.16). Las palabras de Jacobo deben de llenar de gozo a mis hermanos justos que ahora mismo están postrados en cama. También a los ancianitos: Sus oraciones pueden mucho, dice el autor inspirado Piensen en lo siguiente: Sus oraciones pueden ayudar a otros enfermos, pueden librar a sus hermanos y semejantes de toda clase de peligros y de males. Sus oraciones pueden ayudar a los predicadores en su importantísima labor. Pueden ayudar a los gobernantes. Pueden ayudar a los hermanos que tienen problemas espirituales. Pueden ayudar a sus seres queridos. Pueden ayudar a los pobres. Pueden ayudar a…Y aquí me detengo. ¿Qué sería de nosotros sin la oración? ¿No hemos llegado a considerar la importancia que tiene la oración en la vida de los cristianos y de las congregaciones? ¿Y quiénes entre nosotros pueden hacer esta gran obra más y mejor? Los que por las circunstancias casi no pueden hacer algo más. En cuanto a mí, cómo me gusta saber que estoy en las oraciones de miles de hermanos enfermos, o ancianitos. Y mi sentir es exactamente el de todos mis hermanos que hacen algo por la causa. Uno que hace la obra de Cristo, al pensar en el gran apoyo de todos estos hermanos orantes, seguramente se siente muy animado y bendecido. Sabemos que los hermanos enfermos e incapacitados conforman una legión. Nos duele que así sea. Pero al mismo tiempo nos conforta saber que la hermandad está en sus oraciones. Es motivo de gratitud pensar que miles y miles de oraciones poderosas llegan constantemente al trono de la gracia. Viendo la misma cosa desde otro ángulo, todos podemos agradecer a Dios, sobre todo quienes ya sentimos el peso de la edad, por saber que cuando ya nuestras piernas no nos respondan y cuando nuestro mundo se limite a nuestra casa, quizás a nuestra cama, todavía podremos hacer mucho a favor de la causa, de nuestros hermanos y de nuestros semejantes. Porque cuando eso nos pase, todavía podremos orar. Creo también que nuestra vida de oración a favor de la obra, de los hermanos y de todos, hará más llevadera nuestra vejez. Si usted, querido hermano enfermo o anciano, ha llegado a pensar que ya no puede hacer nada o casi nada en la iglesia acepte con gratitud que ha estado equivocado: Alégrese. Usted puede hacer mucho: ¡Usted puede orar!
(Querido hermano lector: ¿Por qué no imprime este artículo y se lo lee a un hermano enfermo o anciano en la próxima visita?)
Guadalajara, México, diciembre 11, 2011
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