Hace mucho tiempo...
(Este artículo puede
ser el material para un folleto)
Por Jorge Rodríguez Guerrero
Hubo
un tiempo, hace casi dos mil años, cuando sólo había una iglesia
(Efes. 5.27). El catolicismo y el protestantismo todavía no
aparecían. Nadie decía ser metodista, bautista, luterano, católico o
presbiteriano. Los miembros de aquella iglesia glorificaban a Dios
llevando sólo el nombre de cristianos (Hech. 11.26; 26.28; 1 Ped.
4.16).
Todos aquellos cristianos basaban su creencia y práctica en
la enseñanza de los apóstoles y profetas, hombres estos inspirados
por el Espíritu Santo (Hech. 2.42; Ef. 2.20; 1 Cor. 14.37). Esa
enseñanza, esa revelación de Dios al hombre, quedaría para siempre
(1 Ped. 1.23-25) en el conjunto de escritos de esos apóstoles y
profetas que hoy es llamado apropiadamente el testamento de Cristo
(o el nuevo testamento) por contener la voluntad de él.
Los cristianos primitivos aprendieron de los apóstoles que
Dios aborrece las divisiones (1 Cor. 1.10; Efes. 4.3-6; Juan 17.
20-23) y que para evitarlas, todos en la iglesia deberían aprender a
no pensar más de lo que está escrito (1 Cor. 4.6). Por lo tanto,
cualquiera que enseñara un evangelio o doctrina diferente al que
ellos enseñaron estaría bajo maldición (Gál. 1.6-9; Apoc. 22.18,19)
y no debería ser aceptado entre los cristianos (2 Juan 9-11).
La adoración que aquellos cristianos daban en sus reuniones
a Dios era sencilla y espiritual. Ellos alababan al señor con cantos
espirituales (Ef. 5.19) sin ningún acompañamiento de instrumentos
(sería hasta el siglo séptimo cuando la iglesia apóstata papista se
atrevería a introducir música de órgano en el culto a Dios).
Elevaban sus pensamientos a Dios en fervientes oraciones (no rezos
aprendidos de memoria) (Hech. 2.42; Rom. 12.12). Meditaban en la
palabra de Dios (Hech. 2.42; 20.7). Y en su reunión del primer día
de la semana, además de lo mencionado, hacían memoria del sacrificio
de Cristo, tomando la mesa del Señor (1 Cor. 11.23-26; 10.16; Hech.
20.7) y ofrendaban de lo que Dios les había prosperado durante la
semana (1 Cor. 16.1-2; 2 Cor. 8-9) para los pobres que había entre
ellos y para cooperar con la predicación del evangelio de Cristo
(Fil. 4.10-19).
Aquella iglesia no tenía más cabeza que Cristo (Col. 1.16;
Efes. 5.23). Por lo tanto no había tal cosa como un papa, un
presidente, o cualquier jefe humano. Cristo gobernaba la iglesia por
medio de la palabra apostólica (1 Cor. 14.37) que, como ya vimos,
todavía la tenemos en las páginas del Nuevo Testamento).
La iglesia estaba compuesta de las personas que habiendo
escuchado aquel evangelio, lo habían creído, se habían arrepentido
de su vida pasada, y se habían entregado al Señor confesándole y
bautizándose en su nombre para perdón de sus pecados (Mr. 16.15-16;
Hech. 2.38; 8.36-38; 22.16). Después de esa entrega, de esa
conversión, los discípulos de Cristo se dejaban conducir dócilmente
en cada fase de su vida por la doctrina de su Maestro (Mat. 28.
19,20).
A aquellos cristianos primitivos les hubiera dolido mucho
saber que algunos siglos después la doctrina de Cristo sería
corrompida, al igual que la iglesia en su organización, misión y
adoración a Dios. Habrían llorado si hubieran sabido que dos mil
años después habría tanta confusión en el mundo religioso y se
enseñaría tanta doctrina falsa en el nombre de Jesucristo, que
habría cientos y cientos de sectas con diferentes nombres y
doctrinas.
Pero también se habrían alegrado en saber que a través de
los siglos siempre habría personas amantes de la verdad quienes
apegándose estrictamente al Nuevo Testamento, y sin importarles la
burla o la persecución, practicarían el cristianismo puro y
primitivo constituyendo así la iglesia de Cristo, como ellos al
principio.
Hoy mismo, miles y miles nos alegramos por esto mismo.
Porque estas personas amantes de la verdad, miembros de la iglesia
de Cristo, cristianos solamente, nos hicieron alguna vez conocer la
doctrina verdadera y nos enseñaron a distinguir el cristianismo
auténtico de los burdos remedos que éste tiene en el catolicismo y
en el protestantismo.
Estimado lector, si usted está dispuesto a investigar la
iglesia de Cristo asistiendo a sus reuniones, exigiendo a los
miembros de ella la razón bíblica de sus prácticas y creencias,
dispuesto a cambiar en caso de que se le pruebe que ellos enseñan y
practican la verdadera doctrina de Cristo, también usted se
alegrará. Y además glorificará a Dios, al saberse verdaderamente
libre del error y del pecado, por haber conocido y obedecido la
verdad. (Juan 8.32; 1 Ped. 1.22).