Hubo
un tiempo, hace casi dos mil años, cuando sólo había una
iglesia (Efes. 5.27). El catolicismo y el protestantismo todavía
no aparecían. Nadie decía ser metodista, bautista, luterano,
católico o presbiteriano. Los miembros de aquella iglesia
glorificaban a Dios llevando sólo el nombre de cristianos
(Hech. 11.26; 26.28; 1 Ped. 4.16).
Todos aquellos
cristianos basaban su creencia y práctica en la enseñanza de
los apóstoles y profetas, hombres estos inspirados por el Espíritu
Santo (Hech. 2.42; Ef. 2.20; 1 Cor. 14.37). Esa enseñanza, esa
revelación de Dios al hombre, quedaría para siempre (1 Ped.
1.23-25) en el conjunto de escritos de esos apóstoles y
profetas que hoy es llamado apropiadamente el testamento de
Cristo (o el nuevo testamento) por contener la voluntad de él.
Los cristianos
primitivos aprendieron de los apóstoles que Dios aborrece las
divisiones (1 Cor. 1.10; Efes. 4.3-6; Juan 17. 20-23) y que para
evitarlas, todos en la iglesia deberían aprender a no pensar más
de lo que está escrito (1 Cor. 4.6). Por lo tanto, cualquiera
que enseñara un evangelio o doctrina diferente al que ellos
enseñaron estaría bajo maldición (Gál. 1.6-9; Apoc.
22.18,19) y no debería ser aceptado entre los cristianos (2
Juan 9-11).
La adoración que
aquellos cristianos daban en sus reuniones a Dios era sencilla y
espiritual. Ellos alababan al señor con cantos espirituales
(Ef. 5.19) sin ningún acompañamiento de instrumentos (sería
hasta el siglo séptimo cuando la iglesia apóstata papista se
atrevería a introducir música de órgano en el culto a Dios).
Elevaban sus pensamientos a Dios en fervientes oraciones (no
rezos aprendidos de memoria) (Hech. 2.42; Rom. 12.12). Meditaban
en la palabra de Dios (Hech. 2.42; 20.7). Y en su reunión del
primer día de la semana, además de lo mencionado, hacían
memoria del sacrificio de Cristo, tomando la mesa del Señor (1
Cor. 11.23-26; 10.16; Hech. 20.7) y ofrendaban de lo que Dios
les había prosperado durante la semana (1 Cor. 16.1-2; 2 Cor.
8-9) para los pobres que había entre ellos y para cooperar con
la predicación del evangelio de Cristo (Fil. 4.10-19).
Aquella iglesia no
tenía más cabeza que Cristo (Col. 1.16; Efes. 5.23). Por lo
tanto no había tal cosa como un papa, un presidente, o
cualquier jefe humano. Cristo gobernaba la iglesia por medio de
la palabra apostólica (1 Cor. 14.37) que, como ya vimos, todavía
la tenemos en las páginas del Nuevo Testamento).
La iglesia estaba
compuesta de las personas que habiendo escuchado aquel
evangelio, lo habían creído, se habían arrepentido de su vida
pasada, y se habían entregado al Señor confesándole y bautizándose
en su nombre para perdón de sus pecados (Mr. 16.15-16; Hech.
2.38; 8.36-38; 22.16). Después de esa entrega, de esa conversión,
los discípulos de Cristo se dejaban conducir dócilmente en
cada fase de su vida por la doctrina de su Maestro) Mat. 28.
19,20).
A aquellos cristianos
primitivos les hubiera dolido mucho saber que algunos siglos
después la doctrina de Cristo sería corrompida, al igual que
la iglesia en su organización, misión y adoración a Dios.
Habrían llorado si hubieran sabido que dos mil años después
habría tanta confusión en el mundo religioso y se enseñaría
tanta doctrina falsa en el nombre de Jesucristo, que habría
cientos y cientos de sectas con diferentes nombres y doctrinas.
Pero también se habrían
alegrado en saber que a través de los siglos siempre habría
personas amantes de la verdad quienes apegándose estrictamente
al Nuevo Testamento, y sin importarles la burla o la persecución,
practicarían el cristianismo puro y primitivo constituyendo así
la iglesia de Cristo, como ellos al principio.
Hoy mismo, miles y
miles nos alegramos por esto mismo. Porque estas personas
amantes de la verdad, miembros de la iglesia de Cristo,
cristianos solamente, nos hicieron alguna vez conocer la
doctrina verdadera y nos enseñaron a distinguir el cristianismo
auténtico de los burdos remedos que éste tiene en el
catolicismo y en el protestantismo.
Estimado lector, si
usted está dispuesto a investigar la iglesia de Cristo
asistiendo a sus reuniones, exigiendo a los miembros de ella la
razón bíblica de sus prácticas y creencias, dispuesto a
cambiar en caso de que se le pruebe que ellos enseñan y
practican la verdadera doctrina de Cristo, también usted se
alegrará. Y además glorificará a Dios, al saberse
verdaderamente libre del error y del pecado, por haber conocido
y obedecido la verdad. (Juan 8.32; 1 Ped. 1.22).