|
|
||
|
Carta a un predicador de la antigüedad
Sátira.
(Qué bueno sería que ningún predicador de nuestros tiempos se sintiera aludido)
Por Jorge Rodríguez Guerrero
Nota: La epístola que a continuación leerá usted, es muy antigua, quizá datando del siglo cuarto D. C., cuando el cristianismo había alcanzado cierta popularidad y −¿por qué no decirlo?− cuando ya tenía cierta similitud con el cristianismo nominal de ahora. El manuscrito fue encontrado no hace mucho en las ruinas de lo que fue un lugar de adoración de los cristianos de un pueblo situado no lejos de Placenza junto a la Vía Emilia al norte de Italia. Como es bien sabido las cartas-rollos de la antigüedad comenzaban con el nombre del remitente. A esta epístola le falta esa parte por lo cual jamás se sabrá quién la escribió. De Dimitius, el receptor, no ha quedado ningún dato histórico, aparte de ciertas especulaciones gratuitas. Por el contenido es claro que la carta fue enviada por un predicador experimentado a uno que apenas comenzaba su maravillosa carrera. Alguien hizo una traducción de la carta originalmente escrita en latín. Aquí está:
…complacido por tan buenas noticias. Tienes razón, Dimitius, al decir que mis años llevando la Palabra de Vida no son pocos. A través de ellos he aprendido ciertas cosas que me han servido para que mi trabajo sea, si no muy fructífero, sí muy placentero. Ya que tú, mi querido hermano, deseas mi consejo, te diré algunas cosas que creo te servirán para hacer que tu vida al servicio del Señor te proporcione gran felicidad. Lo primero, trata de que tu predicación sea agradable a los oyentes. No los canses con muchas citas de los santos apóstoles, ni mucho menos hagas de tus palabras algo duro de escuchar. Se trata, querido Dimitius, de no ahuyentar a almas que son preciosas a los ojos de Dios. Es cierto que el gran Pablo decía que hay que instar a tiempo y fuera de tiempo, pero esos eran otros tiempos. Hoy ya no se requiere hacerlo así. He notado que ciertos hermanos al llegar al Camino poseen cierta familiaridad con la filosofía. Ellos se impresionan bien cuando uno le cita a Sócrates, Platón, Teofrasto, o a nuestros excelentes Séneca y Epicteto, para mencionar unos pocos. Estos buenos hermanos han de ser considerados oyentes importantes. Por lo tanto te aconsejo que leas con mucho cuidado lo mejor de la filosofía para salpicar con ella tus disertaciones. Y no olvides tampoco estudiar con cuidado la retórica. La excelencia de palabras y los gestos elegantes al disertar son de gran importancia. Con ello lograrás atraer y retener a estos hermanos cultos al mismo tiempo que favoreces a los más ignorantes iniciándolos en estas importantes cosas. Lo que te digo a continuación puede ser que al principio no lo aceptes de buena gana, pero estoy seguro de que cada vez verás más la sabiduría detrás de mis palabras: Asóciate con los que en tu entorno tienen bienes de este mundo. Trátalos bien. Cultiva su amistad. Dales las preferencias que por el rango en que el Señor los puso se merecen. Hasta te diría que si ves en sus vidas algo que merece reprensión, hazte como si no vieras nada. Ellos son inteligentes y tarde o temprano harán solos las correcciones. Recuerda que son ellos quienes ponen más en el tesoro y son los que pueden obsequiarte cosas buenas para ti y tu familia. No has de pensar que la disciplina para los pobres y para los pudientes es la misma. En realidad, estos deben ver que no los tratas igual que a los demás y te lo agradecerán. Si haces lo anterior no tardarás mucho en tener una buena casa donde recibir con orgullo a estos hermanos ricos. Este es tal vez mi consejo más importante. Debes saber, Dimitius, que aquellos tiempos en que los hermanos se deleitaban escuchando discursos largos quedaron atrás. Si en Troade al gran apóstol se le durmió Eutico, hoy la entera concurrencia se dormiría si Pablo se levantara de entre los muertos y alargara el discurso hasta la media noche. Nuestras audiencias apenas están capacitadas para discursos de media hora o menos. Toma en cuenta esto y serás un orador muy solicitado. En mi larga vida he conocido predicadores que se hacen viejos, se enferman y se van al descanso de sus trabajos en unas cuántas décadas. Eso es una lástima porque si hubieran hecho las cosas de otra manera, su servicio al Señor se habría prolongado por muchos años más. De esta verdad yo mismo soy la prueba, ya que a mis más de sesenta años me conservo bastante bien, procurando comer bien, dormir lo más que se pueda y no exagerando las horas dedicadas a mi importante trabajo de administrar la bendita Palabra. Esta buena forma de hacer las cosas la adquirí hace ya muchos años y me ha dado muy buen resultado. Cómo me dan lástima estos pobres predicadores. Ellos duermen poco, y la salida del sol los sorprende predicándole a alguien. A veces caminan muchas millas para tratar de convencer a personas que manifiestan interés en el evangelio. Es cierto que logran la conversión de muchos, pero a qué costo. Da lástima saber que regresan a su casa ya de noche cansados y a veces sin haber comido. No, mi querido Dimitius, nuestro cuerpo, que es templo del Espíritu Santo no debe ser tratado así. Tú debes entender que tu trabajo es muy importante. Una hora de trabajo tuyo es como seis horas de trabajo de un jornalero. Piensa que tú eres un embajador del Rey de Reyes y Señor de Señores. ¿Cuándo se ha visto que un embajador trabaje como un esclavo? Piénsalo bien. Jamás descuides tu salud y si has de caminar que sea para tu deleite y no para tu desgaste. Ya sabemos que los grandes hombres de Dios de los primeros años de la iglesia se desvivían llevando incansables las Buenas Nuevas. Las circunstancias lo requerían. Pero ya no más. Hoy el bendito evangelio se ha extendido por todo el imperio y ya no hay necesidad de tales sacrificios. Con una o dos personas que escuchen de ti las Buenas Nuevas a la semana es más que suficiente. Además recuerda que el estudio de los filósofos y de los grandes cristianos de los siglos pasados exige mucho tiempo. A eso, aun más que a la preparación de la homilía semanal, debes entregarte varias horas al día. No exagero al decir que por cada hora que a la semana dediques a hablar de Cristo a los perdidos, debes dedicar días enteros a nutrir tu alma y tu mente. Estoy seguro de que si sigues cuidadosamente mis consejos, el resultado será una buena y larga vida dedicada al servicio de nuestro Salvador y mucha gloria y honra para nuestro Padre celestial. Cuando puedas, mi joven hermano, ven a visitarme y con mucho gusto te daré más consejos sacados de mi experiencia de muchos años sirviendo al Señor. Que el amor del Padre, la gracia de nuestro bendito Señor y la comunión del Espíritu Santo sean contigo. Amén.
Guadalajara, México, mayo 27, 2009
|