Porque nada podemos contra la verdad, sino por la verdad. 2 Cor. 13:8

 

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El actor, la estatua y el león

¿Qué me pongo   para predicar?

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¿La carreta antes del caballo?

Los sermones expositivos y las homilías

Hermano, mejore sus sermones ya predicados 



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ARTÍCULOS SOBRE LA PREDICACIÓN

 

El actor, la estatua y el león.

 

No hablo de un actor de cine, sino de un actor teatral que actúa frente a una audiencia. La estatua que tengo en mente no es ecuestre, ni se parece a la del gran Lincoln sentado, en el Lincoln Memorial. Mi estatua es la de un hombre de pie, a la que por estar detrás de cierto mueble, solamente se le ve la parte superior del cuerpo y quizás las manos asiendo al mueble como si éste pudiera caerse. Mi estatua es una maravilla: es una estatua parlante, que si uno se fija bien lo único que mueve es la boca. El león en el que pienso no se pasea con su realeza por las estepas africanas, ni está tomando el sol recostado cómodamente en un prado del zoológico. ¡Qué va! Pienso en un león enjaulado, que no deja ni un instante de pasearse desesperado.

        Hablemos de la estatua. O mejor dicho del predicador que mientras predica se asemeja a una estatua. Ha subido a la plataforma y se ha refugiado detrás del púlpito. Parece dispuesto a ganar una apuesta que hizo con su mujer de que se pasaría treinta minutos sin mover más músculos que los indispensables para hablar. No mueve ni siquiera "las canicas" de los ojos siempre fijos al frente, excepto cuando las baja para mirar sus notas.

        ¿Y el león? Este predicador se pasea desesperado a grandes pasos por la plataforma, desesperando con sus idas y venidas a cada uno de los seres humanos que componen su audiencia, quienes no tienen más remedio que mirarlo. Este león parece querer demostrar que el movimiento continuo es una realidad.

        El actor de teatro ha subido al templete a dar una función. El sabe que deberá hacer uso generoso de la mímica; mímica exagerada, por supuesto. Todo su cuerpo se ocupará de la gesticulación. Tal vez hasta saltará. Cuando no esté diciendo un monólogo estará apostrofando con voz fuerte y sonora al techo, a las lámparas, a las puertas. ¿Confundió el lugar de adoración con una sala de teatro? Todo da a entender que sí.

        Hermanos: Cuando estamos predicando la bendita Palabra no somos leones enjaulados, ni estatuas, ni actores teatrales. Somos siervos del Dios Altísimo con un mensaje que trata de salvar a los perdidos, de fortalecer a los débiles, de cambiar las vidas. El púlpito no es para demostraciones histriónicas. Ni uno da un mensaje de vida o muerte pareciendo estatua. Jamás un león enjaulado nos hizo pensar en dignidad.

 

        ¿Cómo entonces debemos predicar? Yo lo diría con dos palabras: Con naturalidad y con dignidad.

        Suba a su lugar detrás del púlpito o atril y póngase cómodo, acomodando sin prisas sus notas. Mire a su audiencia y después de unos segundos comience a hablar, solamente lo suficientemente alto para que todos le escuchen. Las personas sinceras cuando nos hablan nos miran a los ojos. Durante su discurso también usted mire a los que le escuchan: a éste, a aquel, al que está a su derecha, al que está a su izquierda, al que está cerca, al que está lejos. En una situación como la suya, al mirar a uno, los demás tendrán la sensación de que los está mirando a ellos. ¿Cómo no mirarlos si usted les está diciendo las más sublimes verdades? ¿Cómo predicar con la mirada gacha, avergonzada, si no tenemos permiso de arriba de hacer creer a nadie que nos avergonzamos de Cristo y de sus palabras?

        Jamás olvide que hay una diferencia inmensa entre predicar ante la audiencia y predicar a la audiencia. Es la misma diferencia que hay entre el actor y el predicador. Si subió al púlpito para lucirse, le digo que ya tiene su recompensa.

        Los libros de antaño nos decían que nunca metamos las manos en los bolsillos y que un pie debe estar 23 y medio centímetros atrás del otro. Que si nuestra voz no es locutoril no tenemos nada que hacer detrás del púlpito. Etc.

        Mentiras.

     Hoy en día los que escriben sobre estas cosas han comenzado a regresar a la realidad. Hoy se afirma, y con verdad, que el nombre del juego es naturalidad. Puesto que lo que es natural en unos no lo es en otros, cuando usted predique, sea usted, naturalmente usted.

        Y si usted no tiene una gran voz no olvide que el más grande predicador que jamás tuvo Jesucristo no desmintió a sus críticos cuando lo acusaron de que su palabra era menospreciable (2 Co. 10.10).

        Si usted predica en forma natural y conversacional, saldrá de detrás del púlpito a veces, se parará mostrándose todo entero por unas decenas de segundos mientras dice algo importante, mirará a su audiencia, sobre todo si usted entiende --entiéndalo--que el contacto visual es vital cuando se trata de persuadir. En forma natural leerá por instantes sus notas cuando tenga qué hacerlo.

        Cuando usted conversa hace uso de las manos para enfatizar algo o para darse a entender. Cuando usted predique en forma conversacional hará lo mismo. Si siente la necesidad de enfatizar una declaración alzando la voz, hágalo. Si algo en su sermón parece demandar un gesto o una mímica inconfundible, no vacile. Si siente que la mejor forma de expresar algo es por medio de una declaración humorística, dígalo. Pero nunca pierda la dignidad de un verdadero hombre de Dios.

        Y recuerde: No exagere, ya que al hacerlo correrá el peligro de caer en la teatralidad. Grábese esto: Predique con dignidad.

        Si además de tomar en cuenta estos consejos usted ya hizo el trabajo intelectual que requiere la elaboración de su bosquejo, usted estará predicando bien. Tal vez muy bien.

 

01-23-04