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¿A QUÉ RENUNCIARON LOS PRIMEROS CONVERTIDOS A CRISTO?
Por Jorge Rodríguez Guerrero
La generalidad de los religiosos de nuestro tiempo que se dicen cristianos no parecen distinguir los dos grandes pactos de la Biblia. Esto es interesante y hasta extraño. Las biblias que ellos leen se componen de dos partes principales las cuales se conocen como Antiguo y Nuevo Testamento. No obstante, repito, la generalidad de la gente, incluidos predicadores de grupos religiosos, usan pasajes de uno y otro testamento indistintamente. Casi cualquiera sabe que los documentos del Antiguo Testamento fueron escritos antes de Cristo y fueron dirigidos a los hebreos o judíos en su propio idioma. Y también es bien sabido que los documentos del Nuevo Testamento se escribieron después de Cristo; fueron dirigidos a los cristianos de cualquier nacionalidad (o a cualquier persona que pudiera interesarse en Cristo y en el cristianismo), y fueron escritos en griego koiné que era el idioma universal en el tiempo de los apóstoles. Pero como digo, esa diferencia no se toma en cuenta cuando se aplican pasajes del Antiguo Testamento como si pertenecieran al Nuevo . Para muestra, los predicadores ávidos de dinero, recurren frecuentemente a Malaquías 3 donde el Señor fustiga a los israelitas por no cumplir con el mandamiento de dar el diezmo. Ellos nunca les dicen a sus feligreses que el diezmo se ordenó a los judíos en la ley de Moisés para manutención de los levitas encargados del servicio del tabernáculo (lea Hebreos 7 donde lo del diezmo y de la ley que lo incluía es tratado a la perfección). Ya volviendo a lo que nos ocupa, es pues muy evidente que se trata de dos pactos hechos con dos diferentes grupos o comunidades en diferentes épocas. Me parece a mí que una forma fácil de distinguir esos dos pactos (o testamentos; en el griego la misma palabra se usa para pacto y testamento) uno del otro, es examinando el asunto a través del caso de los primerísimos cristianos. Me refiero a las primeras personas que se convirtieron a Cristo al escuchar la predicación apostólica. Durante sus primeros tiempos que tal vez abarcaron varios años, todos los miembros de la iglesia fueron judíos convertidos a Cristo. La iglesia, repito, al principio se compuso solamente de judíos (y uno que otro prosélito, es decir gentil que por decisión propia se había convertido a la religión judía, es decir, se había hecho judío; lea de un prosélito convertido en Hch 6.5). Los primeros cristianos para venir a serlo tuvieron qué renunciar a su religión mosaica. Su cambio de religión tuvo que haber sido algo drástico y muy difícil. En vez de la ley de Moisés, la ley de Cristo. En vez de un templo físico y material en Jerusalén, un templo vivo constituido por los cristianos mismos. En vez del sacrificio de animales, el sacrificio de Cristo. En vez de una adoración compuesta de cosas que apelaban a los sentidos, una preeminentemente espiritual. El lugar que el Pacto que Dios había hecho con sus padres en el Monte Sinaí había ocupado en sus corazones ahora lo ocupaba el Nuevo Pacto hecho posible por la sangre de Cristo, a la cual él mismo se refirió como "la sangre del Nuevo Pacto" (Mt 26.28). Los apóstoles enseñaron que es por su sacrificio que Jesús es el mediador de un mejor pacto (Heb. 9. 14,15). Y ellos se refirieron a sí mismos como ministros de un nuevo pacto que permanece a diferencia del antiguo que fue abolido (2 Co 3). En este pasaje Pablo se refiere a que los judíos no convertidos no veían la realidad cuando leían el Antiguo Pacto. Ese velo se quitaría cuando se convirtieran a Cristo. Los primeros cristianos judíos leían el Antiguo Pacto diferentemente que sus compatriotas. Ellos si lo comprendían pues lo leían a la luz de su fe en Cristo Jesús. La generalidad de los judíos estaban familiarizados con el mensaje de los profetas. Ellos sabían que Dios había prometido por medio de Jeremías (31.31 y sig) hacer en el futuro un Nuevo Pacto. Al hacerse cristianos ellos estaban aceptando que el nuevo pacto profetizado por Jeremías había llegado. Y es muy importante señalar que ellos no pudieron dejar de notar que Jeremías había dicho que el Nuevo Pacto no era como el Pacto hecho en Sinaí. Era otro. Era diferente. Era Nuevo. Ellos habían estado en el Antiguo Pacto; ahora entendían que ese pacto había quedado atrás y ahora ellos estaban en el Nuevo Pacto. Ahora ellos eran cristianos, discípulos de Cristo, habiendo cambiado de religión. Es muy fácil ver que lo que distinguía a los primeros cristianos de Jerusalén y alrededores de sus compatriotas es que estos no habían renunciado a su judaísmo y los cristianos sí. Tal fue el caso de los miles de judíos cuyas conversiones a Cristo están registradas en los capítulos 1 al 6 de Hechos. Aquellos primeros cristianos judíos ahora leían las Escrituras del Antiguo Testamento bajo una nueva luz. Ellas eran de absoluta importancia. Dios las había inspirado. Ellas mostraban la conexión entre la promesa de Dios a Abraham y la venida de Cristo. Como había dicho el Maestro, ellas daban testimonio de él (Jn 5.39). Ellas profetizaban muchísimas cosas acerca de la persona y la obra de Jesús, desde su nacimiento virginal hasta su muerte como la de un cordero (Lc. 24.27). Esos cristianos ahora entendían que esas Escrituras ya no podían ser consideradas como un pacto vigente. Cuando aun no se habían convertido sabían por su lectura de las Escrituras que un nuevo pacto estaba por venir. No era difícil para cualquier judío pensante llegar a la misma conclusión expresada en Heb. 8.13: Al decir por medio de Jeremías "Nuevo Pacto", Dios había dado por viejo al primero y desde entonces había comenzado a aproximarse el tiempo en que desaparecería. Después de convertidos, al leer o recordar la profecía de Jeremías ellos sabían que el Nuevo Pacto había llegado con la era del evangelio. Los cristianos aquellos ―y todos los cristianos del tiempo que siguió― aprendieron que las Escrituras (el Antiguo Testamento) tenían un gran valor apologético: Por ellas se podía demostrar a cualquier judío sincero que Jesús era (y es) el Cristo (comp Hch. 18. 27,28). Esto explica por qué tantos judíos se convencían de la verdad del mensaje de los cristianos y se convertían a Cristo. Todo era cuestión de creer sus propias Escrituras. Y esto explica también la culpabilidad de los judíos que se aferraban al sistema judaico; ellos eran incrédulos de la misma Palabra de Dios a la que decían amar y respetar. Para nosotros, cristianos del siglo veintiuno que tenemos que combatir el mal uso actual del Antiguo Testamento, el caso de los primeros cristianos judíos, tiene a su vez un valor apologético también. Si se acepta que aquellos judíos convertidos tuvieron que renunciar al Antiguo Pacto para poder venir a ser cristianos –y no veo cómo puede no aceptarse—entonces es claro que comete un grave error quien recurre al Antiguo Pacto para justificar sus prácticas. (Por cierto, los gentiles que después comenzaron a convertirse a Cristo, no tuvieron qué renunciar al Antiguo Pacto pues éste no fue para nadie más que los judíos). Al Antiguo Testamento se le debe dar el uso y el valor que aquellos primeros cristianos le dieron. El Antiguo Testamento nos sirve para conocer el origen de la vida y de la humanidad, el origen del pecado, la promesa de un salvador, la promesa a Abraham, el propósito de la ley de Moisés como el ayo que conduciría a los judíos hasta Cristo (Gá 3.24; lea el argumento de Pablo sobre los dos pactos en el c. 4 de esta carta). El A. T. nos sirve para conocer el carácter de Dios, cómo él premia a los obedientes y castiga a los desobedientes. (Lea 1 Co. 10). Etc. Pero como los primeros cristianos bien lo entendieron, el Antiguo Testamento no es el Pacto en el que estamos ni la ley bajo la cual vivimos. El Antiguo Pacto no fue hecho con los cristianos, sino con los judíos del tiempo anterior a la muerte de Cristo. Ese pacto terminó cuando Jesús murió en la cruz derramando la sangre del Nuevo Pacto. Los cristianos están en el Nuevo Pacto para recibir las bendiciones espirituales en Cristo y para obedecer los mandamientos que en ese Nuevo Pacto Dios ha incluido. Si nuestros contemporáneos meditaran en lo que los judíos del año 33 tuvieron que dejar y en lo que ellos tuvieron que abrazar cuando se hicieron cristianos, entonces comprenderían el error en que han estado. Comprenderían que nadie tiene derecho a ir al Antiguo Testamento para traerse el sábado, el diezmo, el sacerdocio clerical, la música instrumental, etc. Como les dijo Pablo a aquellos gálatas que se dejaban engañar: "Vacíos sois de Cristo los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído" (Gá. 5.4; una lectura concienzuda de Gálatas nos hará ver estas cosas a la perfección). Trate cualquier religioso de nuestro tiempo de explicarse o explicarle a otro lo que incluyó la conversión a Cristo de los judíos con que comenzó y creció la iglesia en Jerusalén, y verá la equivocación tan común en nuestros tiempos de ignorar la distinción entre los dos pactos.
Guadalajara, México, mayo 11, 2011
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