Porque nada podemos contra la verdad, sino por la verdad. 2 Cor. 13:8

 

 

 

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¿Es muy difícil ser original?

   Por Jorge Rodríguez Guerrero
 

 

 

A juzgar por lo que uno lee en libros y sitios web de hermanos, sí lo es. En obras sobre diferentes temas se nota con mucha facilidad que el trabajo de los autores ha consistido principalmente en recopilar de aquí y de allá, a veces palabra por palabra, lo dicho por otros. En esa forma un recopilador puede pasar por un gran pensador, cuando casi todo de lo que presenta es ajeno. Como sea estos recopiladores de datos y argumentos pueden hacernos mucho bien, con tal de que sean muy cuidadosos en su recopilación.

(Permitiéndome una digresión, no hace mucho leí la novela “El código da Vinci” que ha causado mucho revuelo como la gran cosa. Pero mi desilusión fue inmensa al ir dándome cuenta que su autor, fiero enemigo del cristianismo, lo que había hecho es recopilar un número de mitos y leyendas absurdas muchas de las cuales yo había leído por allí. Sin originalidad alguna y con una trama muy simplona, el éxito de la novela es totalmente injustificado y solamente nos habla del actual estado de cosas en el gran público lector).

Expresiones tales como “La originalidad no existe”, o “La originalidad consiste en olvidar donde lo aprendiste”, pueden hacerse con cierto sarcasmo, pero por supuesto hay mucho de verdad en ellas.

Creo que a todos nos ha pasado que después de mucho ahondar llegamos a ciertas conclusiones inescapables sobre lo que hay en algún pasaje bíblico. Las escribimos y las mandamos por el mundo, sintiendo algo parecido a lo que Cristóbal Colón debe haber sentido cuando escribió a los Reyes Católicos acerca de su llegada a lo que después se llamó América, sólo para después encontrar nosotros que ya otro había dicho lo mismo. En estos casos la única satisfacción que queda es saber que uno arribó por sí solo a la misma conclusión de intelectos superiores.

Por otro lado, sería absurdo y malísimo que uno dejara de enunciar verdades aprendidas de otros solamente por el prurito de ser original. La verdad debe ser aprendida y luego pasada a otros. Los argumentos legítimos necesitan propagarse para que puedan ser aceptados por más y más gente. Ese es el bien que uno puede hacer a favor de la verdad. Podemos hacer algo más: A un enunciado ajeno podemos vestirlo con nuestro propio estilo para que adquiera frescura. Ya que la esencia es ajena, dejemos que al menos la forma de decir sea nuestra.

También sucede que al observar con detenimiento las afirmaciones de otros —muchas veces afirmaciones repetidas una y otra vez, lo que significa que han sido ampliamente aceptadas— uno alcanza a ver que están equivocadas. Esto sucede con más frecuencia que lo que se esperaría. Uno considerado grande lo dijo y los demás, gregarios como tendemos a ser, lo aceptamos sin más ni más y lo enviamos más adelante. ¿Qué hacer? Exponer la equivocación. Presentar la opción, si es que la hay. No podemos hacer menos, si es que amamos la verdad. Quizás al hacerlo estemos siendo originales. Aunque lo más probable es que no, porque muchas veces no pasará mucho tiempo antes de que descubramos, con sorpresa tal vez, que ya otro había notado el mismo error y había arremetido contra él.

Terminaré con una frase que seguramente nada tiene de original: ¡Qué difícil es ser original!

4.27.05

 

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