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¿Es rechazo
igual a blasfemia? Hace unas noches escuché un sermón titulado “La blasfemia contra el Espíritu Santo”. Todo iba bien hasta que el predicador comenzó a citar pasajes como Ef. 4.30, Isa. 59.1-2, y Heb. 10.26, entre otros. ¿Qué tienen esos pasajes que ver con la blasfemia contra el Espíritu Santo de que habla Mt. 12.32 y los pasajes paralelos en los sinópticos? Mientras escuchaba el sermón recordé que hace ya muchos años había tenido la oportunidad de oír a otro predicador, uno que en aquellos años tenía cierta fama en la región del mundo a la que pertenezco. El asunto era el mismo y la forma de explicarlo también. La cosa se reduce a lo siguiente. Después de tratar con Mateo 12 y la blasfemia contra el Espíritu Santo, se le hace al tema dar un giro un tanto sutil para ahora hacer una conexión hacia lo que se da en llamar “el pecado imperdonable”. Cuando uno rechaza la Palabra inspirada por el Espíritu Santo, peca contra El que la inspiró. Luego rechazar la Palabra, es decir, no obedecerla es igual a rechazar el perdón. O sea, pecar contra el E. S. por rechazar su Palabra equivale a no ser perdonado. Hasta aquí todo va bien. Pero llamarle a eso "el pecado imperdonable" ya no está nada bien. Estoy explicando la cosa sabiendo que quienes leen esto están algo familiarizados con la Biblia, y no veo la necesidad de mucha explicación ya que todo lo que me importa aquí es señalar que el rechazo de la Palabra inspirada y la blasfemia contra el Espíritu Santo son cosas distintas. Me asombra que haya alguien —predicadores, nada menos— que pueda confundir una cosa con la otra. Yo diría que el error es doble: 1: Confundir la blasfemia contra el Espíritu Santo y el rechazo a Su Palabra y 2: Afirmar que el rechazo a la Palabra es un (el) pecado imperdonable. Por supuesto, quien blasfema contra el Espíritu Santo está rechazando su enseñanza. Pero quien rechaza su enseñanza no necesariamente está blasfemando contra el Espíritu Santo. Un vistazo a cualquier léxico y hasta cualquier diccionario basta para saber la diferencia abismal entre rechazar y blasfemar. Pero veamos. Si una persona persiste en rechazar la Palabra y se muere en esa persistencia, seguramente se perderá por la eternidad. Pero si deja de rechazarla y la obedece será perdonado. Y si lo es, entonces no hizo algo imperdonable, es decir, que no puede ser perdonado. Esto, por supuesto, no se puede decir del blasfemo contra el Espíritu Santo. El no necesita blasfemar contra el Espíritu Santo persistentemente hasta el día de su muerte para perderse. Con una sola vez que blasfeme será suficiente para que se pierda. Por otro lado, ¿no hemos todos nosotros sido culpables de alguna vez, por no decir muchas veces, haber desobedecido (es decir, rechazado) la Palabra inspirada? Cuando lo hicimos, ¿estuvimos cometiendo “el pecado imperdonable” al rechazar esa Palabra? Si así hubiera sido estaríamos perdidos; no sería posible que fuéramos perdonados ya que entonces tal pecado no sería imperdonable. Lo anterior nos lleva a tener que aceptar que el rechazo de la Palabra ni es el pecado imperdonable, ni mucho menos la “blasfemia contra el Espíritu Santo” Sin entrar en detalles, solamente diré ahora que la blasfemia contra el Espíritu Santo es un pecado único en el sentido de que es el único pecado imperdonable. Así lo dijo el Señor: “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu Santo no les será perdonada”. Si aceptamos —¿y qué más nos queda?— que rechazar la Palabra no necesariamente es blasfemar contra el Espíritu Santo, entonces no podremos decir que rechazar la Palabra es “el pecado imperdonable”. Ahora tendríamos que decir: “es uno de los dos (¿o más?) pecados imperdonables”. Pero si hay dos entonces estamos negando que la blasfemia contra el E. S. es el único pecado imperdonable. Estaríamos negando lo que el Señor afirmó. Cuando el Señor dijo que todo pecado, excepto la blasfemia contra el Espíritu Santo, sería perdonado, seguramente él sabía que quien leyera la Palabra aprendería que ese perdón para cualquier pecado, menos uno, está condicionado a la obediencia y al arrepentimiento. Si una persona no se arrepiente de su pecado, no le será perdonado, pero no porque sea imperdonable, sino a pesar de que es “perdonable”. (Esto comienza a explicar aceptablemente 1 Juan 5.16,17: Un pecado es “de muerte” hasta que uno se arrepiente de él —“La paga del pecado es muerte”—. Si el cristiano se arrepiente puede rogársele a Dios que lo perdone. Es un pecado del cual uno se ha arrepentido y por lo tanto “no de muerte”). Al comienzo me referí al hecho de que he escuchado dos sermones en que se identifica el rechazo a la Palabra inspirada por el Espíritu Santo y la blasfemia contra él. Dos sermones por predicadores con cierta reputación. Entre los dos sermones hubo un lapso de al menos unos 25 años. Sería absurdo pensar que solamente dos hermanos han predicado tal cosa y precisamente los dos que a mí me ha tocado escuchar. Eso me lleva a creer que la enseñanza debe ser más o menos popular. ¿Cómo se popularizó? A mí se me ocurre que a alguno de “los grandes” entre nosotros en algún lado se le ocurrió “la puntada”o, peor, la obtuvo de algún escritor "evangélico". Luego, otros “adoptaron” la explicación y así se fue extendiendo en el espacio y en el tiempo. Esto podría ser ya que lo mismo ha sucedido con otras "interpretaciones” de otros pasajes que circulan entre nosotros. Es triste decirlo, pero tenemos una inclinación muy marcada hacia el gregarismo: “Si el hermano tal lo dice, así tendrá que ser”. Qué ocasión tan perfecta para exhortar a mis hermanos que predican a que no acepten las enseñanzas y las “interpretaciones” así como así. Si hemos de aceptar una explicación de un pasaje o un asunto, que sea después de haberlo examinado cuidadosamente.
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